Pocos
árboles representan tan bien el bioma del chaco santiagueño
como el algarrobo (Prosopis sp). Árbol de porte
elegante, madera dura y noble, de fruto comestible y sombra
refrescante.
El algarrobo se comenzó a explotar industrialmente muy
temprano en Argentina. Primero, y dada su durabilidad y resistencia,
para confeccionar postes para el alambrado del campo, luego
para hacer carbón, y desde hace algunos años la
moda ha impuesto a su madera en la mueblería.
Pero ya Lucio V. Mansilla, en su libro Una excursión
a los indios Ranqueles, nos relata los usos y costumbres del
algarrobo de esa época: "Eran chañares, espinillos
y algarrobos. Estos últimos abundaban más. Es
el árbol más útil que tienen los indios.
Su leña es excelente para el fuego, arde como carbón
de piedra; su fruta engorda y robustece los caballos como ningún
pienso, les da fuerzas y bríos admirables; sirve para
elaborar la espumante y soporífera chicha, para hacer
patay pisándola sola, y pisándola con maíz
tostado una comida agradable y nutritiva. Los indios siempre
llevaban bolsitas con vainas de algarrobas, y en su marchas
la chupan, lo mismo que los coyas del Perú mascan coca.
Es un alimento y un entretenimiento que reemplaza al cigarro"...
Por su parte, Carlos Villafuerte, en su Diccionario de árboles,
arbustos y yuyos en el folklore argentino, nos dice:
“Árbol como el algarrobo no hubo ninguno para el
criollo; con razón le llamaban Árbol, como síntesis
de toda vida vegetal. "Tacu", le decía el quichua
y el diaguita; "Ibopé", el guaraní;
pero el español lo nombró como un árbol
parecido que existía en su tierra, "algarrobo",
y de su fruto se nutrió en los momentos difíciles
de los muchos que tuvo la conquista del Noroeste.
"Para el indio fue el árbol de la vida, por eso
lo defendía, lo respetaba y lo veneraba. De su fruto
se hizo el patay y la chicha, la añapa y la aloja. Bajo
su sombra se cobijaba en las desesperanzas y alegrías,
y cuando el árbol caía vencido por el tiempo,
aprovechaba su madera para hacer morteros para la molienda.
De su fruto, machacado en los morteros y agregándole
un poco de agua, obtenía un jugo pastoso y fresco que
le llamó añapa.
"El indio también aprovechaba el fruto guardado
para preparar el patay, el pan amasado en el invierno y cocido
al lado de la conchana. Con él se alimentaba en tiempos
malos, y con él preparaba también la chicha, y
la aloja, las bebidas fermentadas que lo ponían belicoso
y le hacían olvidar los pesares.”

A pesar de todo lo antedicho se ha producido una sobreexplotación
de la especie, siendo ya raros los algarrobos de cierto porte.
En la localidad de Urutaú, Departamento Copo, en Santiago
del Estero, existe un ejemplar de algarrobo blanco (Prosopis
alba) que sin lugar a dudas debe tener varias centurias. Este
“abuelo” es único por su antigüedad
y envergadura.
Conservar este árbol sería todo un símbolo.
Este algarrobo representa la vida, la resistencia del monte
al avance antrópico, la presencia de la naturaleza, de
lo silvestre a pesar de las topadoras y motosierras.


Pero si todo lo dicho no fuese suficiente para pensar en conservarlo,
podríamos agregar que Urutaú es una población
de menos de 200 almas, que sus habitantes son “hacheros”,
o sea que viven de la madera, en especial la del algarrobo,
y sin embargo han sabido comprender que este gigante no es solo
un árbol.
Pero eso no es todo, en ese pequeño poblado perdido en
el medio del Chaco santiagueño, al borde del Impenetrable,
un grupo de maestras rurales ha emprendido una cruzada contra
la pobreza, la ignorancia y el olvido. Desde la Escuela Rural
nº 1018 se ha impulsado la creación de un criadero
de cabras de raza, animales muy bien adaptados a los rigores
del clima de la zona, y la producción de miel de abeja.

Urutaú es apenas un punto perdido en el mapa de Argentina,
casi compartido por 3 provincias, Santiago del Estero, Chaco
y Salta, sin embargo la ruta que cruza frente a la escuela es
de importante tráfico, ya que muchos camiones la transitan
en su peregrinar desde Paraguay o Brasil hacia Chile, o viceversa.
Si se estimula al viajero a detenerse en el poblado para conocer
ese portento centenario, sería una buena oportunidad
para que además conocieran de la labor de ese puñado
de gente que se enfrenta a la perdida de su modo de vida tradicional
y sustentable, ante la llegada del desmonte y el monocultivo.
Les daríamos la oportunidad de promocionar sus productos,
de seguir viviendo en el monte, respetando el monte. Vivir del
monte sin extinguir el monte.

También debemos considerar que al proyecto de conservación
oso hormiguero gigante le permitiría relacionar al árbol
con la fauna, y en especial con el oso hormiguero. Tendríamos
la oportunidad de “hablarle” al visitante de la
importancia de conservar cada especie y de la labor que nosotros
realizamos para la conservación, estaríamos creando
conciencia en cada una de las personas que por allí pase
en cuanto a la conservación del oso hormiguero y su hábitat.
La difusión de nuestra labor en conservación se
vería ampliada grandemente obteniendo un punto fijo dentro
del territorio de distribución de la especie que nos
interesa.